El marcador del Parc des Princes reflejaba un 2-1 a favor de Francia, y el reloj había entrado en sus once minutos finales. Para los anfitriones, aquella iba a ser la noche en que se oficializara el billete para el Mundial de 1994. Para Israel, colista del Grupo 6 y todavía sin una victoria en la fase, ya no quedaba premio de clasificación que perseguir.

Ese desequilibrio es lo que hace que el desenlace perdure. Un equipo tenía el billete casi en la mano; el otro jugaba como si el propio partido ya fuera suficiente.

Ronen Harazi había puesto por delante a Israel en el minuto 20. Francia respondió con la autoridad que cabía esperar de un equipo construido en torno a Eric Cantona, Didier Deschamps, Jean-Pierre Papin, Laurent Blanc y Marcel Desailly. Franck Sauzée igualó en el minuto 28, y David Ginola puso el 2-1 en el 39.

El registro oficial de la Asociación de Fútbol de Israel confirma ese resultado al descanso, un guion habitual para un favorito momentáneamente incomodado antes de recuperar el control.

El control nunca se convirtió en comodidad. El Israel de Shlomo Scharf se mantuvo lo bastante cerca como para que un instante importara. En el minuto 64, Eyal Berkovic sustituyó a Avi Nimni.

Con ocho minutos por delante en el tiempo reglamentario, el suplente marcó el empate. La IFA lo registra en el minuto 82; la retrospectiva de la FIFA lo sitúa también en el minuto 82. Fuera como fuese, el efecto fue inmediato: Francia había pasado de la celebración al cálculo, y el estadio esperaba el pitido final en lugar de una fiesta.

Entonces llegó el gol que fijó el partido en la memoria deportiva israelí. En el segundo minuto de descuento, Reuven Atar marcó el 3-2. Los registros oficiales coinciden en el autor del gol y en el resultado final.

La UEFA citó después a Atar describiéndolo como el mayor momento de su carrera. Fue también su primer gol con la selección absoluta, logrado en París ante un equipo que creía que su noche ya estaba escrita.

El resultado no llevó a Israel al Mundial. El registro de la IFA sobre la fase de clasificación muestra un equipo que terminó sexto con una victoria, tres empates y seis derrotas: la victoria en París fue esa única victoria.

Su significado venía de otro lugar. Israel había perdido el partido de ida por 4-0 y había encajado goleadas en otros compromisos del grupo. El Parc des Princes no ofreció una redención más amplia, solo la prueba de que un partido puede desligarse por completo de la temporada que lo rodea.

Para Francia, el varapalo se convirtió en la primera mitad de un trauma deportivo nacional. Todavía le quedaba un partido de clasificación en casa y solo necesitaba un empate ante Bulgaria.

Un mes después, un gol tardío de Emil Kostadinov puso el marcador en Francia 1-2 Bulgaria y envió a los visitantes al Mundial en su lugar. Las crónicas de la FIFA conectan las dos derrotas parisinas, pero la victoria israelí merece valorarse por sí sola: fue la que creó el peligro antes de que Bulgaria asestara la consecuencia final.

Más de tres décadas después, el partido conserva su fuerza porque sus hechos resisten cualquier adorno. Israel iba por detrás al descanso. Berkovic entró desde el banquillo e igualó. Atar marcó en el descuento.

Un equipo sin nada que ganar ya en la tabla encontró, en cambio, algo permanente en los libros de historia, y esa secuencia exacta es la razón por la que la historia se sigue contando.