La selección masculina Sub-20 de Israel no se limitó a perder un partido eliminatorio ante Grecia. Pasó a disputar un torneo distinto. La derrota por 79-66 en los octavos de final en el Arena Stožice II acabó con cualquier vía hacia los cuartos de final y relegó al equipo de Oren Aharoni al cuadro de clasificación por los puestos del noveno al decimosexto.

El próximo rival ya está definido: Italia, en Liubliana el jueves. El ganador avanzará hacia los puestos del noveno al duodécimo; el perdedor caerá al cuadro donde se decide el descenso de la División A.

Grecia abrió una diferencia de la que Israel nunca se recuperó. Oren Sahar anotó 20 puntos y Rany Belaga sumó 19, lo que significa que dos jugadores aportaron 39 de los 66 puntos del equipo. Esa concentración no hacía inevitable la derrota, pero dejó un margen demasiado estrecho en cuanto el resto de las posesiones dejaron de rendir. En el baloncesto de torneos juveniles, donde el tiempo de scouting es escaso y la condición física varía con rapidez, un equipo necesita una tercera vía anotadora cuando sus dos mejores opciones cargan con casi tres quintas partes del total.

La decepción duele más porque Israel había construido una fase de grupos creíble: una victoria por 78-68 ante Rumania, una derrota por 90-77 ante la anfitriona Eslovenia y, después, un triunfo por 87-73 ante Chequia, para cerrar con un balance de 2-1. En esos tres partidos, Israel promedió 80,7 puntos. Grecia mantuvo al equipo casi 15 puntos por debajo de esa cifra, reduciendo un ataque que funcionaba a poco más que Sahar y Belaga.

El formato no ofrecía ningún colchón para ese balance ganador. Los 16 equipos entraron en los octavos de final, de modo que el rendimiento en la fase de grupos decidió el emparejamiento, pero no otorgó ni un pase directo ni una segunda vía hacia el cuadro por el título. Una sola derrota bastó para sacar a Israel de la mitad superior, y ese mismo formato le entrega ahora al equipo un segundo compromiso inmediato, esta vez con la permanencia, y no una medalla, como lo que está en juego.

Italia llega en la misma situación tras caer 86-63 ante Serbia, en un torneo igualmente irregular. Ninguno de los dos marcadores de octavos debería leerse como un pronóstico para el jueves, y ambos equipos han tenido menos de un día para recomponerse. La verdadera pugna se librará en torno al control: qué equipo es capaz de desarrollar su ataque posicional sin que la derrota anterior precipite sus decisiones o convierta los tiros fallados en transiciones defensivas apresuradas.

Para Israel, la rotación necesita generar apoyos sin pedirles a Sahar y Belaga que jueguen con menos agresividad. Un tercer manejador de balón que penetre hasta la zona, un tirador adicional que convierta el primer pase abierto, un jugador de la pintura que genere segundas posesiones: cualquiera de esas opciones cambiaría la geometría del ataque. El objetivo no es el equilibrio por sí mismo, sino impedir que Italia cargue su defensa sobre los dos jugadores que sostuvieron la anotación ante Grecia.

La aritmética del descenso es implacable, pero todavía no definitiva. Los ocho perdedores de los octavos de final disputan el cuadro de clasificación por los puestos del noveno al decimosexto, y solo los equipos que terminen decimocuarto, decimoquinto y decimosexto descienden de la División A. Si vence a Italia, Israel se asegura un puesto entre el noveno y el duodécimo, eliminando ese peligro por completo. Si pierde, el equipo de Aharoni entrará en el cuadro del decimotercero al decimosexto, donde solo una de las cuatro posiciones finales está a salvo.

Por eso la respuesta importa más allá de la clasificación final de este equipo en Liubliana. La División A mantiene al programa Sub-20 de Israel dentro del máximo nivel competitivo anual de Europa. El torneo que Israel quería tras la fase de grupos ya se esfumó, pero el equipo aún controla si esto se convierte en una decepción eliminatoria contenida o en un retroceso estructural, y el duelo ante Italia es la primera oportunidad, y la más clara, para decidirlo.